no hace falta un puñado
de ratas, ni tampoco un
cuarto lleno de espejos
de dos caras.
No hacen falta tampoco
las caricias de fantasmas
ni las dulces palabras
de una flor envenenada,
ahora he comprendido
que la soledad me acompaña
sin importar donde este y
valla a donde valla.
Me he dado cuenta también,
que hablar con los ecos
no me hacen crecer,
y que el murmullo
solo me engaña, me confunde
y me calla.
Por eso cuando me siento
con mi compañera carcelaria,
la miro con respeto, la toco
con recelo, la escucho
con detenimiento
y la asfixio con mis dedos,
Así es como mi soledad
me acompaña
noche tras noche
una lucha que nunca acaba.
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